miércoles, 28 de octubre de 2009

Ezequiel

Me cuidan, me cuidan mucho. Soy como un fósil viviente para ellos y, la mayor parte del tiempo me observan, lo sé.
Tengo una especie de ángel de la guarda, que me acompaña a todas partes: Ezequiel
Sin él me perdería en este laberinto de calles, todas iguales. Nunca me habla. Realmente hace muchos años que se perdió el lenguaje, en favor del pensamiento común.
Ezequiel entra y sale de mi mente cuando lo desea, pero ante todo se preocupa por mi bienestar, mi equilibrio psíquico y me reconforta cuando me invade la soledad y la nostalgia. Su pensamiento me llega como un susurro, directo al cerebro, aunque no me domina. Mantengo mi independencia, libre albedrío o como queramos llamarlo, a pesar de sentirme a veces como una cobaya. Sé que no conocen la soberbia, pero en verdad deben verme como un ser inferior, o al menos es lo que yo sentiría probablemente si hubiera traído al siglo XXI a una persona de la Edad Media.
Ezequiel es alto, bello, esbelto, joven. Con estas palabras he descrito a todos los seres humanos que he conocido hasta ahora, aunque sus rasgos faciales los hacen diferentes unos de otros, por fortuna. Pero él es especial. Nos ha estudiado bien, durante años.
Es arqueólogo.

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